III

Nuestras cabezas se zarandeaban mientras el avión descendía, agitado por un vendaval que amenazaba nuestras vidas, pero no nuestra tranquilidad. Detrás mio un niño vomitaba. Horas antes, el tren regional había recorrido la meseta, internándose en la sierra después y avanzando despacio entre la niebla, salpicada por una mezcla impredecible de viviendas abandonadas y chalets de lujo. Los buenos própositos del año 2024 no se habían escrito aún, bastaba con estar presente y avanzar hacia lo desconocido.

A veces no somos capaces de identificar la excepcionalidad de los días. Interpretamos los hechos más irrepetibles como cotidianos. No existe espacio para lo sublime en el cinismo contempóraneo.