III

Nuestras cabezas se zarandeaban mientras el avión descendía, agitado por un vendaval que amenazaba nuestras vidas, pero no nuestra tranquilidad. Detrás mio un niño vomitaba. Horas antes, el tren regional había recorrido la meseta, internándose en la sierra después y avanzando despacio entre la niebla, salpicada por una mezcla impredecible de viviendas abandonadas y chalets de lujo. Los buenos própositos del año 2024 no se habían escrito aún, bastaba con estar presente y avanzar hacia lo desconocido.

A veces no somos capaces de identificar la excepcionalidad de los días. Interpretamos los hechos más irrepetibles como cotidianos. No existe espacio para lo sublime en el cinismo contempóraneo.

II

En la tercera planta de aquella abominación arquitéctonica existía una habitación que permanecía eternamente fría. En su interior, aguardaban 432 volumenes encuadernados en piel, cuyo Ex Libris no podría consignar en ningún lenguaje humano.

Lo sé, porque yo estuve allí dentro. Arretabada la llave maestra a su Custodio, cruzado el umbral demente de arcos parabólicos, descendido a la cripta cuya geometría solo podrías entender en noches de fiebre. Llegué a conocer bien las dimensiones irreales de aquel monumento de génesis tardofranquista. Créeme cuando te digo que el mismo edificio contenía su respiración quejumbrosa al adentrarme, apenas consciente, en aquella biblioteca.

Fue allí, en la tarde desabrida del 24 de noviembre de 1971, mientras me hallaba inmerso en la lectura desasosegada pero firme de aquella colección, cuando una arritmia caótica me derribó de esta vida. Nadie pudo desear que descansase en paz, puesto que jamás la había conocido en vida y haber encontrado mi final descifrando el horror de aquellos libros, me condenaba a la más siniestra de las quietudes.

I.

El lenguaje se me había roto. No me refiero al idioma, sino a la gramática misma, al sistema universal innato que debería regir la comprensión del mundo. Mi cerebro saboteaba cualquier intento de concluir un pensamiento y mi cuerpo parecía seguir la misma tendencia, bailando atolondrado de un lugar a otro, incapaz de dirigirse a si mismo con alguna finalidad. Casi cualquier actividad implicaba una cantidad absurda de pasos intermedios y cada iniciativa parecía interrumpirse por alguna otra, que surgía de una niebla amorfa de estímulos y señales. Podría a aprender a vivir con esta disfunción, probado que la gente a mi alrededor la tolerase, sobrevivir al menos hasta el accidente doméstico letal.

Pero había un problema de orden superior. Cuando empiezas a pensar que tu sintaxis no obedece y que permanece incomprensible para los demás, que tu aislamiento social se traduce en invisibilidad física, que las formulas matématicas van a dejar de funcionar cuando dejes de mirarlas, es que estás manifiestamente a las puertas de la locura.