El lenguaje se me había roto. No me refiero al idioma, sino a la gramática misma, al sistema universal innato que debería regir la comprensión del mundo. Mi cerebro saboteaba cualquier intento de concluir un pensamiento y mi cuerpo parecía seguir la misma tendencia, bailando atolondrado de un lugar a otro, incapaz de dirigirse a si mismo con alguna finalidad. Casi cualquier actividad implicaba una cantidad absurda de pasos intermedios y cada iniciativa parecía interrumpirse por alguna otra, que surgía de una niebla amorfa de estímulos y señales. Podría a aprender a vivir con esta disfunción, probado que la gente a mi alrededor la tolerase, sobrevivir al menos hasta el accidente doméstico letal.
Pero había un problema de orden superior. Cuando empiezas a pensar que tu sintaxis no obedece y que permanece incomprensible para los demás, que tu aislamiento social se traduce en invisibilidad física, que las formulas matématicas van a dejar de funcionar cuando dejes de mirarlas, es que estás manifiestamente a las puertas de la locura.